
Los humanos que trabajan se pasan el día hablando de comer, y los que tienen dinero de arte. El arte consiste en realizar objetos que dan placer al humano y, para ello, deben usar un montón de herramientas y elementos rarísimos que solo conocen ellos como espátulas, difuminos, cinceles, bramante o sanguinas y los han de mezclar entre ellos usando técnicas a las que les ponen nombres que significan otras cosas como emborronado, tramado oblicuo, alzado, o labrado. ¡Si hasta pintan borrando! Y en vez de hacer una escultura añadiendo material a la nada, lo hacen al revés, quitándole al mármol. El arte empieza con un intelectual estudiando y termina con un niño embadurnado en cosas de colores.
Como la cocina. Da placer al humano y es complicadísima. Pero aparte de las analogías que tan rápido deberían saltar a la vista para un fráguel como tú (las herramientas, las técnicas) hay otra, incial y fundamental, y es lo que diferencia cocina de preparar comida.
Pensemos de nuevo en el arte. ¿Porqué a un francés se le ocurrió pintar solo manchas de color en vez de trazos definidos? ¿Qué se le pasaba por la cabeza a ese catalán cuando decidió fundir relojes sobre árboles? ¿O al malagueño que decidió usar tiras de acero oxidado? ¿Y ese belga, harto de la luz, que decidió realizar sus composiciones como si emergieran de las sombras? Ahora pensemos... ¿Qué se le pasaba por la cabeza al primero que decidió cubrir de sal la carne y dejarla secar en el interior de una gruta? ¿O al que, viendo como se cuajaba su leche y olía a puro agrio, pensó que eso podría comerse? ¿No fue un valiente el primero que confió en el jengibre para postres? ¿O el que creó la mermelada de rosas, el paté de nueces, el pollo al chocolate?
Es increíble la cocina humana. Imagínate, que no solo se limitan al rábano como nosotros. ¡Hay más verduras! ¡Las han probado todas! Lo primero qué se preguntan los humanos ante una planta desconocida es si será comestible. Una vez lo confirman, lo que se pregunta el artista, el cocinero es: ¿De cuántas maneras puede comerse? Es exactamente lo mismo que ocurre cuando vemos una puesta de sol que tiñe de tonos cálidos el horizonte oceánico. El humano, avezado como es en la belleza, se preguntará si aquello acaso no es bello. El artista, una vez confirmado, se preguntará de cuántas maneras puede dibujarlo o cuántos versos distintos podría componer.
La única diferencia es que, quizá, el artista es capaz de hacer arte de lo feo. Aunque los cocineros hacen unos platos estupendos con seres tan horrendos como las langostas o los berberechos.