jueves, 17 de diciembre de 2009

La calle Stamford


-Perdona. ¿Sabe dónde está la calle Stamford?
-Déjeme que piense... No, lo siento.
-Vaya, pues no tiene pérdida. Camine por esta calle hasta el cruce con Foxworth, gire izquierda y la tiene justo tras el puente.

Colores

Los colores son las palabras de las cosas. Incluso son sus silencios. Es la voz de lo que vemos. A decir verdad se parecen bastante a las voces. Los colores también pueden chillar como el rojo, susurrar como el rosa lavanda, llorar como hace el gris perla o ponerse a dar saltos de alegría y romper a carcajadas como el fucsia.

A decir verdad los colores son la versión para humanos de los sonidos. Todos hemos podido ver, y no digo ya escuchar de otros que han visto, tonos y matices sugerentes o terriblemente bellos en reflejos de nubes anaranjadas sobre metales cromados, en el fulgor de las bombillas de tungsteno ardiente tras una bruma difusora o en los brillos de los utensilios de cocina sobre la piel bronceada de alguna madre protectora. Pero muy pocas veces recordamos el tintineo que deja la cadena de la puerta cuando papá se va a trabajar y cierra fuerte por las prisas, la vibración profunda, de gruta, del bajo acompañando al resto de instrumentos con humildad o el silbido del café a punto de ser servido.

Los humanos no son de sonidos. Con sus prisas y el modo de valorarlo todo en función de lo práctico que sea han llegado incluso a crear una de las palabras más feas de sus diccionarios (unos catálogos de palabras, aunque son todas gratis menos "cultura" que sí hay que pagar para utilizarla): ruido. Dicen que "ruido" es la suma de muchos sonidos molestos. ¿Hay sonidos molestos? ¿Porqué no hay palabra, entonces, para la suma de muchos colores molestos? ¿Verdad que a ningún humano le ha dado por pensar en colores que molesten? ¡Pues sí! ¡También! Poco a poco voy entendiéndoles, pero estas paradojas en sus gustos me desconciertan. ¿Sabes como desconcertar a uno de ellos? Léele esto:

Sábana, papel, leche, cerámica, perla, sangre.

jueves, 10 de diciembre de 2009

No es mala intención, pero... Zoos y demás buenas intenciones


Recuérdame que te hable algún día de los museos. Son locales o muy bonitos o realmente horteras con cosas para que los humanos no se olviden que las tienen. El caso es que ahora mismo vengo de ver uno de los más curiosos museos de esta gente: un zoo.

Un zoo es realmente escabroso. En vez de animales disecados... ¡Los tienen vivos! Tienen una multitud de animales reales, vivos, hastiados y aburridos. ¿No hay bastante con disecarlos que hay que ponerlos vivos para que se den cuenta de que están en un museo? Deben estar aburridísimos, y ya hacen cara, ya... Dicen que es para concienciar a la gente, para que vean lo preciosa que es la diversidad animal. ¿No sería mejor enseñar realmente como es esa diversidad animal? No es mala idea que los niños y los mayores vean leones u osos. Si de cada 100 niños uno sale biólogo, o de cada 100 adultos uno dona dineros a alguna asociación ecologista, poco a poco esta gente podrá salvar al mundo de su homosapiensización. Pero es una pena que sea necesario tener a esos animales encerrados como si fueran jubilados. Esta gente debería ser capaz de respetar a la naturaleza pese a no haberla visto nunca en su máximo esplendor. Y esa es otra. Ningún zoólogico puede compararse siquiera al claro del bosque más anodino y accesible posible en cuanto a pureza.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Arte Y demás cosas de comer


Los humanos que trabajan se pasan el día hablando de comer, y los que tienen dinero de arte. El arte consiste en realizar objetos que dan placer al humano y, para ello, deben usar un montón de herramientas y elementos rarísimos que solo conocen ellos como espátulas, difuminos, cinceles, bramante o sanguinas y los han de mezclar entre ellos usando técnicas a las que les ponen nombres que significan otras cosas como emborronado, tramado oblicuo, alzado, o labrado. ¡Si hasta pintan borrando! Y en vez de hacer una escultura añadiendo material a la nada, lo hacen al revés, quitándole al mármol. El arte empieza con un intelectual estudiando y termina con un niño embadurnado en cosas de colores.

Como la cocina. Da placer al humano y es complicadísima. Pero aparte de las analogías que tan rápido deberían saltar a la vista para un fráguel como tú (las herramientas, las técnicas) hay otra, incial y fundamental, y es lo que diferencia cocina de preparar comida.

Pensemos de nuevo en el arte. ¿Porqué a un francés se le ocurrió pintar solo manchas de color en vez de trazos definidos? ¿Qué se le pasaba por la cabeza a ese catalán cuando decidió fundir relojes sobre árboles? ¿O al malagueño que decidió usar tiras de acero oxidado? ¿Y ese belga, harto de la luz, que decidió realizar sus composiciones como si emergieran de las sombras? Ahora pensemos... ¿Qué se le pasaba por la cabeza al primero que decidió cubrir de sal la carne y dejarla secar en el interior de una gruta? ¿O al que, viendo como se cuajaba su leche y olía a puro agrio, pensó que eso podría comerse? ¿No fue un valiente el primero que confió en el jengibre para postres? ¿O el que creó la mermelada de rosas, el paté de nueces, el pollo al chocolate?

Es increíble la cocina humana. Imagínate, que no solo se limitan al rábano como nosotros. ¡Hay más verduras! ¡Las han probado todas! Lo primero qué se preguntan los humanos ante una planta desconocida es si será comestible. Una vez lo confirman, lo que se pregunta el artista, el cocinero es: ¿De cuántas maneras puede comerse? Es exactamente lo mismo que ocurre cuando vemos una puesta de sol que tiñe de tonos cálidos el horizonte oceánico. El humano, avezado como es en la belleza, se preguntará si aquello acaso no es bello. El artista, una vez confirmado, se preguntará de cuántas maneras puede dibujarlo o cuántos versos distintos podría componer.

La única diferencia es que, quizá, el artista es capaz de hacer arte de lo feo. Aunque los cocineros hacen unos platos estupendos con seres tan horrendos como las langostas o los berberechos.