miércoles 17 de febrero de 2010

Fragmento No mires


Soy enterrador. Pero jamás he sido capaz de mirar al difunto mientras la tierra cubre su rostro. No desde que empecé a tener visiones en las que en el último instante antes de que la arena les cubriera la cara ellos abrían los ojos grises y me miraban. La primera vez que me sucedió grité, me lancé a la tumba y escarbé con mis manos para rescatar al falso muerto. Fue, naturalmente, una fantasía; aquellos ojos secos no miraban nada que no fuera a su Creador. Fue bochornoso. La familia dejó de llorar para enfadarse y babear insultos en mi cara. Hasta el párroco me lanzó una bofetada.

Volvió a suceder. Desde entonces estoy seguro que me miran siempre, aunque yo aparte la mirada. Quizás sea todo por mi miedo. Por mi empatía, que me hace imaginar que es mi cara la que se entierra bajo tierra húmeda. O quizá es porque el momento en el que se cubre su boca y su nariz es el verdadero fin. Ese es el último momento en el que aún hay posibilidad de que todo sea un error, que el muerto solo hubiera estado en coma, o que el forense que firmaba la defunción estuviera borracho. Pero jamás, en mis cuarenta años de enterrador, vi a nadie que se diera falsamente por muerto.

Por suerte no necesito mirar al féretro para saber que lo estoy cubriendo bien; basta con esperar al espasmo de tristeza y terror que provoca ver la cara pálida de la muerte desaparecer entre el polvo.

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