Cuando te encuentres ante el fin de una teoría, de un argumento irrefutable, y ni tu sabiduría ni todo el conocimiento de tu civilización sepan dar un paso más allá ni hallen más soluciones a las nuevas preguntas que aparezcan, eso, será Dios.
De la misma manera que lo que el Imperio de Egipto adoraba como al dios Ra tú consideras solo una esfera de fuego, lo que vosotros llamáis Dios no es más que una redención apresurada.
Dios es el fin de tus preguntas. Puede ser tanto respuesta como escusa, y también te está permitido no invocarlo y seguir dudando de tu propia existencia. Pero llegará un momento en el que la respuesta ya no pertenecerá a esta realidad, a la fantasía, a tus sueños ni a tus visiones. Una vez hallas vaciado tu universo de todos los significados y te desplomes ante el descubrimiento de que todavía hay más acertijos que resolver te quedarán dos opciones: saludar a tu nuevo Dios, o volverte loco.
De la misma manera que lo que el Imperio de Egipto adoraba como al dios Ra tú consideras solo una esfera de fuego, lo que vosotros llamáis Dios no es más que una redención apresurada.
Dios es el fin de tus preguntas. Puede ser tanto respuesta como escusa, y también te está permitido no invocarlo y seguir dudando de tu propia existencia. Pero llegará un momento en el que la respuesta ya no pertenecerá a esta realidad, a la fantasía, a tus sueños ni a tus visiones. Una vez hallas vaciado tu universo de todos los significados y te desplomes ante el descubrimiento de que todavía hay más acertijos que resolver te quedarán dos opciones: saludar a tu nuevo Dios, o volverte loco.













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