domingo 28 de marzo de 2010

Ejercicios de estilo II Edgard Allan Poe


Edgard Allan Poe

Los faros del autobús atravesaron la espesa niebla, que como la bruma del mar nocturno, no dejaba ver más que sombras. Una figura se erguía en la parada de la calle Morgue. Alzó una mano blanca, de dedos largos y afilados. Los frenos crujieron. El cochero abrió la puerta y el frío inundó su cabina. “Buenas noches”, le dijo, pero de esa cara pálida solo salían las volutas del aliento helado y una mirada de cristal que parecía penetrar hasta lo más hondo de la conciencia, de las mentiras y los miedos del cochero. La puerta se cerró tras él y éste se giró hacia el vagón. Estaba repleto de las gentes que volvían a casa tras una jornada de trabajo. Todos le miraban, pero ninguno se atrevía a cruzarse con sus ojos. La figura avanzó con pasos lentos, como si volara por esas largas piernas delgadas. Pese al calor del confinamiento él seguía exhalando vapor por la boca. Su piel parecía muy fría: gris, con el tenue brillo de la piel mojada, las uñas del mismo color enmarcadas en surcos de negra ponzoña. Se fueron apartando a un lado y al otro mientras se dirigía hacia el fondo, donde se encontró sin escapatoria un joven tan alto como él pero vestido por sastre totalmente distinto: casaca verde y sombrero alto, de chistera, con hebillas y cintas ornamentales. A medida que se acercaba hacia él éste se echó hacia atrás, con tal mala suerte que pisó a otra persona. “Inútil”, gritó. Y le asió de las solapas: “me has clavado el tacón, ridículo botarate”. El chico del sombrero intentaba zafarse de ese hombre pues los ojos de hielo seguían acercándose. Cuanto miedo le daría ese andar etéreo y su piel muerta que parecía más peligroso que éste otro, preso de la ira con la piel roja y los ojos inyectados en sangre. La mano de dedos largos y afilados se alzó hacia él. El otro hombre le hacía presa y le golpeaba. El autobús se detuvo de repente pues había una nueva parada. El chico del sombrero lo aprovechó para tirarse al suelo, con lo que calló el pisoteado. Libre de la presa se arrastró hasta la portezuela, desde donde saltó al pavimento. Sin aliento, apuñalado por el frío, tardó en ponerse en pie. La niebla rodeaba la luz de farolillos y ventanas: todo eran siluetas inertes. Pero una de ellas le habló con una voz tan profunda como los cimientos de la tierra.

-Deberías abotonarte la casaca hasta arriba.

Quiso preguntar porqué, pero ese consejo fue lo último que escuchó jamás antes de que una navaja de barbero cortara la noche.

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