viernes 19 de marzo de 2010

Ejercicios de estilo


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Querido Gobo.

He descubierto a un escritor francés que, hace pocos años, escribió un maravilloso cuento contrario a toda norma. En vez de que muchas páginas explicaran una historia, escribió un cuento en el que cada página explicaba lo mismo: un hombre con un sombrero hortera se sube a un autobús a reventar. Pisa sin querer a otro pasajero y discuten. Cuando el del sombrero exótico se apea se reúne con un conocido, que le dice que debería abrocharse más la camisa.

La gracia es que cada página estaba escrita siguiendo unas normas específicas, o un estilo narrativo particular. Así, por ejemplo, nos describe la escena usando onomatopeyas, en verso, en estilo chabacano, culto, remilgado, sorprendido como si nunca hubiera visto un autobús, describiendo los olores, describiendo el tacto o dialogado como en una obra de teatro. Parece una enorme tontería, pero Góngora y Quevedo aún pelean por algo parecido en los despachos de catedráticos de lengua española a lo largo de toda España e Iberoamérica. ¿Es la forma posible sin contenido? ¿Es el contenido dependiente de su forma? ¿Podemos declararnos a nuestra amada en lenguaje jurídico? ¿O explicar el efecto de Coriolis en los fluidos no newtonianos utilizando la jerga de los camellos del Bronx? ¿Sirve todo esto para algo más que simples ejercicios de estilo? Así, precisamente, se titula la obra de este escritor: Raymond Queneau. Debería habértelo presentado antes, pero... ¿Importa?

Te propongo algo, Gobo. Que juguemos a hacer de Queneau. Algún día comprobarás que ésta es una herramienta muy manida para ejercitar la creación literaria. Reconoce aquí tú tío que no anda con su cabeza fraggel muy fina. Se acerca la primavera, y no sé porqué todos estos empiezan a comportarse de manera extraña. Si no fueran humanos de ciudad casi diría que de manera visceral.

Pero no nos entretengamos más. Juguemos a contar la anécdota del autobús, pero no con diferentes estilos, sino imitando a varios autores de lengua humana. Así, estimado sobrino, podrás valorar porqué insisto en que lo mejor que han hecho en sus tres millones de años de existencia ha sido contar historias.

Charles Dickens

El cochero detuvo el trolebús y miró de hito en hito al mozalbete que esperaba en la parada. El chico, por muchas venturas que había vivido desde que viéramos como se fugó del hospicio, jamás había detenido un trolebús. El cochero parecía señalarle con una nariz aguileña y unos ojos negros como el hollín de las chimeneas de Londres. –“¿Subirá este mozo o me ha hecho detener en balde?” le espetó, a lo que el chico de un brinco y presto le dio un chelín y entró al vehículo. Estaba atestado de pasajeros de la ralea de los barrios fabriles. Olía a cal, y amoníaco de la fábrica de herraduras y a sangre y cecina seca del matadero de Hemstead-Upon-Hill. La vestimenta oscura y sucia convertía al pasaje en una masa de hombres muertos en vida, que se bamboleaban al son de los adoquines y sus baches, consecuencia de los agujeros presupuestarios de la cámara de comercio. Pero algo resaltaba por encima de los rostros ajados: un sombrero. ¡Qué digo! una torre de tela púrpura y cintas amarillas, con hebilla de cobre y relieves de acanto. No menos extraño era aquel que osaba pavonear con semejante gorro: largo como un ciprés, con casaca como de maestro de ceremonias circense con filigranas y unos botines... pido perdón por lo que diré ahora pero es necesario tener una idea clara del espectáculo: si no eran de marqués era porque parecían de marquesa. ¿A qué vendría toda esa alegría de color y telaje? Ya fuera por rubor, vergüenza o ira por la displicencia de ese larguirucho nadie le miraba. Fuera por esa esquiva a cruzar miradas con él lo que provocara que un tropiezo, de nuevo por la pésima calidad de los adoquines, moviera al pasaje y el señor del sombrero pisara al hombre que se sentaba a su lado. ¡Ay! exclamó airado, y agarróle de las solapas de la casaca. Éste se defendió. Hubieron empujones, trastabilles y gritos de las más ancianas, perplejas por ese comportamiento de bellacos. El cochero incluso llamó al orden. Por suerte para todos el figurín se apeaba en el siguiente cruce, en Mannor con Tuffelberry Hill. Al bajar bajó también el niño vergonzoso, que por la providencia se encontró con ese hombre saludando a un conocido, quizá amigo suyo, que le esperaba fumando en pipa. Nada más verlo le recriminó la indumentaria. Ese amigo suyo era mucho más sobrio. Quizá fuera bedel o incluso algún tipo de administrador u otro empleo en limpios aposentos y con las manos a salvo de cordeles, éteres, cuerdas, maderas o púas que las lastimen. El niño se acercó y su sorpresa fue mayúscula al comprender que la reprimenda no era por ese sombrero digno de cabaret, sino porque llevaba los últimos botones de la casaca desabrochados, al modo de marineros, tahúres y demás bribones nocturnos.

Paul Auster

Navegando por Internet encontré un blog que me llamó la atención. Su autor escribía como si fuera un viajero que explora el mundo y manda postales a su sobrino. Nunca visito blogs, salvo los de conocidos míos, no por creerme alejado de la cultura desconocida del escritor aficionado, sino por mis parcas habilidades informáticas. Fue de casualidad que encontré este blog. Yo andaba buscando información sobre mis cuadernos favoritos: los de la marca Moleskine. Resulta que el autor había titulado al blog Fraggleskine. Qué casualidad que, además, en su última entrada imitara mi manera de escribir en un texto en el que imitaba a Raymond Queneau. Era muy acertada su visión de como yo describiría a ese hombre que sube al autobús de la línea S, la que va de Flushing Meadows a Parkside Avenue, en el centro de Brooklyn, y se encuentra con el fantoche del sombrero hortera. No debía ser de la zona, pues todo vecino sabe que en la curva de la Ocean Avenue al entrar en el parque debe agarrarse bien fuerte a lo que sea, pues es un tramo rápido y con mucha pendiente. Como quiera que ese hombre no conocía esa trampa tropezó y pisó con fuerza a otro tipo. Siempre ocurren cosas así, pero esa vez fue bastante violento. Todos tenemos días de cerveza y palmadas en la espalda y otros de caras largas y muchos cigarrillos. Ese hombre tenía uno de los últimos. Propinó un golpe al hortera, se enzarzaron en una absurda pelea en la que una de las plumas de ese gorro se contoneaba como una vedette y hasta el conductor tuvo que llamarles la atención por megafonía. Al final el hortera se zafó del hombre enfadado y se apeó. Desde luego, como narra el blog, yo no puedo hacer otra cosa más que bajarme y seguir a ese tipo. Por desgracia no camina mucho más allá del puesto de perritos del estanque del parque. Ahí le espera un colega, que le recrimina que no lleve la camisa abrochada hasta arriba. Y he aquí lo curioso de todo, y es que en el texto se explica como yo mismo me miro la camisa que, efectivamente, también llevo desabrochada en los dos últimos botones y también soy yo, leyendo sobre mi camisa, el que no la lleva abrochada hasta arriba. Quizá el abrocharse o no la camisa sea algo parecido a buscar o no buscar nuevos blogs: más una cuestión del azar que de decisiones consensuadas.

Arturo Pérez Reverte

El autobús se detuvo junto a Inés que, absorta en sus pensamientos, casi olvida pedirle al conductor que abriera las puertas. Acababa de salir del conservatorio Príncipe de Vergara, de interpretar un Fandango de Bocherini al violín. Debería estar contenta dado que con esa interpretación tenía prácticamente asegurada la plaza como primera violinista de la sinfónica de la facultad de Bellas Artes, pero la gran red de favores que debía devolver se extendía a su alrededor como las ventiscas en el invierno de su Navarra natal. Subió, pagó el billete y se mezcló con la cantidad de personas que a esa hora llenan los buses y vagones de metro de la capital. Intentó irse hacia el fondo, pero dos señoras increíblemente obesas y unos obreros fornidos como molinos cervantinos le impedían el paso más allá de la parte central, esa que como si de un fuelle se tratara se estira y encoje al ritmo del trayecto. Fue por culpa del movimiento de esa sección que se vio envuelta en un accidente. Delante suyo un chico no mucho mayor que ella, de cuello largo, casaca dieciochesca y un sombrero plagado de hebillas y cintas leía una edición moderna del Amadís de Gaula de Montalvo. Bien por culpa de la lectura que le restaba atención al muchacho, bien por el fuelle, la presión de los pasajeros amontonados o la falta de reflejos de todos el chico pisó a su vecino. Éste le empujó: era un señor bajito de pelo cano, barriga esférica y bigotito bien recortado. Se puso rojo de ira. El larguirucho del sombrero se disculpó pero no pudo evitar reírse de aquel hombrecito, que vista esa ofensa mostró un diario a modo de estoque y le asestó golpes en torso. El tipo alto estalló en carcajadas, las señoras se escandalizaban e Inés para evitar reírse de la escena intervino, diplomática.

-Señores, por favor. Ha sido un lamentable accidente.

-Exacto –contestó el chico -. Además, yo me bajo aquí.

-Vaya, yo también –dijo Inés con sonrisa conciliadora.

-¡Pues váyanse con viento fresco, golfos! –les espetó el hombre, que seguía con la cara roja de la furia.

Inés y el chico, que decía llamarse Salvador, comentaron la jugada entre risas. Ambos apagaron poco a poco las sonrisas en un silencio incómodo que solo se rompió cuando les interrumpió un joven que, saludando con dos besos a Salvador y mirando de hito en hito a Inés, se presentó como Julián. Inés le estrechó la mano que le ofrecían y se marchó con un encogimiento de hombros. Antes de doblar la esquina podía escuchar los gritos de Julián, recriminándole a Salvador que no llevara la casaca bien abrochada.

Frank Kafka

M. se despertó esa tarde sin saber que iba a ser uno de los días de mayor vergüenza de su vida. Trabajaba en el turno de noche en una fábrica de textiles en las afueras y cada día debía levantarse a la hora en la que el resto de familias de su bloque de apartamentos guisaban sus cenas. Se tomaba el café mientras el olor espeso de coles, acelgas y coliflores hervidas invadía su estancia. Era como si todo el edificio cenara sopas y cremas cada día. Pero el olor inundaba el barrio, la ciudad que crecía al ritmo de las nuevas fábricas. El olor penetraba en la estación de autobuses y se mezclaba con el de tela apolillada de los abrigos de los cientos y miles de trabajadores que no dejaban de ir y venir del polígono al barrio. En días como el de hoy parecía que todos se metían en el mismo autobús que M. para recordarle que no estaba solo. Pero no era esperanza lo que sentía M. por la compañía de los demás, sino la sensación de perder su cuerpo, de compartirlo con todos y juntos crear una legión, una mente colmena en la que la palabra yo terminará atrofiada como sus espaldas tras diez horas arriando sacos. Esa noche, sin embargo, M. recibió un aviso esperanzador: un hombre había subido al autobús con un sombrero recargado de botones, broches y cintas de colores. Era como un faro en el mar de negros uniformes de albañiles, electricistas, manipuladores, contables, metalurgos, limpiadoras, revisores y maquinistas. Al día siguiente M. tenía claro que debía encontrar un gorro similar e iluminar a cuantos fueran posibles con la posibilidad de escapar de la masa que se los tragaba. Así fue como M. se compró, gastando los chelines que esa semana debían pagar el alquiler, un sombrero digno de un rajá otomano, de colores pastel y brillantes con hojuelas y cordeles de falso oro. A la noche siguiente volvió a subirse al autobús. La masa negra seguía uniéndose en un ente apersonal, pero de nuevo ese hombre estaba ahí, con su increíble sombrero. M. se le acercó. Quería hablar con él, comunicarle que aceptaba el juego, que podían salvar a la masa. Pero un bache le hizo tropezar y pisar a un fornido calderero. Éste le recriminó su falta de pericia. Los gritos exaltaron a las personas cercanas, que amenazaron a M. con llaves inglesas, pies de rey, martillos, bobinas de bramante y espátulas. De repente toda la masa había despertado como un panal de abejas al atacar a la reina. El bochorno por el que estaba pasando le hizo bajarse en la próxima parada, en mitad de los cruces férreos de la estación de Danzig. Pudo ver como se alejaban las luces del autobús hasta hacerse tan pequeñas como las de las ventanas de los barrios de la periferia, que brillaban más que las propias estrellas. No tenía otra opción más que atravesar a pie ese solar y su alfombra de cucarachas cuando una voz le llamó desde el apeadero: era el hombre del sombrero. Se le acercó, sonriente, con la mirada de un sabio patriarca y le dijo que ese sombrero era precioso, pero no así la camisa, que no llevaba abrochada hasta arriba.

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