La enumeración caótica es una técnica narrativa que consiste en describir un escenario o acción mediante la acumulación de conceptos. Es un bombardeo descriptivo, algo así como las pinceladas expresionistas que llenan el lienzo de color, sin definir ninguna forma, pero que consigue que el espectador se sumerja en la escena.
Cuando pensamos en un cuadro de Matisse o Van Gogh nos viene a la mente una composición con algún color de fondo y rayas, puntos y brochazos superpuestos que nos sujieren algo: girasoles, la Torre Eiffel reflejada en el Sena, la luna, los amantes compartiendo champán sentados en el césped... Una pincelada sugiere la curva de las hojas del girasol. El dibujo del mantel son cuatro líneas que se cruzan pero en la cabeza vemos el mantel de toda la vida, ese hule que decían las abuelas y que impedía que el vino con sifón y el aceite llegaran a la madera. La luna es una espiral amarilla y el cielo bandas de azules y púrpuras. Pero vemos el cielo. Sabemos que el cielo es un degradado azul, pero a veces no nos fijamos en que también es el corcho del que se cuelgan los jirones de nube.
La enumeración caótica no nos dirá que el restaurante, la catedral o lo que hicimos ayer es así, o asá. Pero lo veremos. Permite decir:
"Mientras esperaba a que nos dieran mesa pasaron ante mí los camareros, de negro y blanco, con bandejas de plata, cartas y menús, carritos de helados, de vinos, de platos y tazas, vajillas y cuberterías de plata que iban dejando en las mesas circulares o en la imperial del fondo, donde se celebraba un banquete de empresa en el que comensales de traje se perdían entre merluza a la miel, langostinos, higos frescos, botellas de vino con etiquetas esmeralda, doradas y púrpuras, aromas de ajedrea, pan de avena y centeno, cardamomo, cilantro, solomillo de ciervo, flor de sal, canela, limón, bizcocho, mango y papaya, puré de queso de cabra tostado y el ardor espeso del brandy flambeado"
Con un párrafo así no hace falta decir que las paredes son de madera, las lámparas de araña de cristal se ciernen sobre altos techos para iluminar el enmoquetado suelo rojo ni que el maître lleva un bigotillo franchute. Es un restaurante lujoso porque así lo hemos sujerido. En una tasca, en un mesón de barrio o en cualquier otro lugar más modesto -y seguramente, más sustancioso y sabroso- el higo fresco se convertiría en una fuente de plástico con manzanas, peras y mandarinas y aparecerían alimentos proletarios como los frascos de cristal de mayonesa, los sobrecitos de azúcar, la cafetera siseante, el lomo empanado y los manteles de papel con un "buen provecho" en castellano, catalán, vasco y gallego.
Es una técnica útil, pero tiene su contrapartida. Si cada vez que aparece un concepto que pueda ser enumerado de manera caótica lo hacemos, tendremos una enciclopedia y no un relato. A veces hay que decir:
"Discuto con el mecánico en el taller. Se marcha, pasan unos minutos y me devuelve las llaves. Hacemos las paces tácitamente y me marcho"
Porque alargar demasiado algo que no es esencial se llama en literatura "poner floreros", adornos sin sentido. No vamos a perder nuestro tiempo ni el del lector enumerando las llaves inglesas, el olor a petróleo, el aceite, los monos grises, las balas de gas con manómetros rojos y demás elementos.
Es una técnica con la que calamos rápido a los autores, y que me recuerda a las personas. Las hay que en los detalles ven el todo, y luego están las que quieren ir al grano.
Cuando pensamos en un cuadro de Matisse o Van Gogh nos viene a la mente una composición con algún color de fondo y rayas, puntos y brochazos superpuestos que nos sujieren algo: girasoles, la Torre Eiffel reflejada en el Sena, la luna, los amantes compartiendo champán sentados en el césped... Una pincelada sugiere la curva de las hojas del girasol. El dibujo del mantel son cuatro líneas que se cruzan pero en la cabeza vemos el mantel de toda la vida, ese hule que decían las abuelas y que impedía que el vino con sifón y el aceite llegaran a la madera. La luna es una espiral amarilla y el cielo bandas de azules y púrpuras. Pero vemos el cielo. Sabemos que el cielo es un degradado azul, pero a veces no nos fijamos en que también es el corcho del que se cuelgan los jirones de nube.
La enumeración caótica no nos dirá que el restaurante, la catedral o lo que hicimos ayer es así, o asá. Pero lo veremos. Permite decir:
"Mientras esperaba a que nos dieran mesa pasaron ante mí los camareros, de negro y blanco, con bandejas de plata, cartas y menús, carritos de helados, de vinos, de platos y tazas, vajillas y cuberterías de plata que iban dejando en las mesas circulares o en la imperial del fondo, donde se celebraba un banquete de empresa en el que comensales de traje se perdían entre merluza a la miel, langostinos, higos frescos, botellas de vino con etiquetas esmeralda, doradas y púrpuras, aromas de ajedrea, pan de avena y centeno, cardamomo, cilantro, solomillo de ciervo, flor de sal, canela, limón, bizcocho, mango y papaya, puré de queso de cabra tostado y el ardor espeso del brandy flambeado"
Con un párrafo así no hace falta decir que las paredes son de madera, las lámparas de araña de cristal se ciernen sobre altos techos para iluminar el enmoquetado suelo rojo ni que el maître lleva un bigotillo franchute. Es un restaurante lujoso porque así lo hemos sujerido. En una tasca, en un mesón de barrio o en cualquier otro lugar más modesto -y seguramente, más sustancioso y sabroso- el higo fresco se convertiría en una fuente de plástico con manzanas, peras y mandarinas y aparecerían alimentos proletarios como los frascos de cristal de mayonesa, los sobrecitos de azúcar, la cafetera siseante, el lomo empanado y los manteles de papel con un "buen provecho" en castellano, catalán, vasco y gallego.
Es una técnica útil, pero tiene su contrapartida. Si cada vez que aparece un concepto que pueda ser enumerado de manera caótica lo hacemos, tendremos una enciclopedia y no un relato. A veces hay que decir:
"Discuto con el mecánico en el taller. Se marcha, pasan unos minutos y me devuelve las llaves. Hacemos las paces tácitamente y me marcho"
Porque alargar demasiado algo que no es esencial se llama en literatura "poner floreros", adornos sin sentido. No vamos a perder nuestro tiempo ni el del lector enumerando las llaves inglesas, el olor a petróleo, el aceite, los monos grises, las balas de gas con manómetros rojos y demás elementos.
Es una técnica con la que calamos rápido a los autores, y que me recuerda a las personas. Las hay que en los detalles ven el todo, y luego están las que quieren ir al grano.













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