sábado, 24 de julio de 2010

El muro de las cabezas infladas Un fragglecuento


Un día se me ocurrió mirar al otro lado del muro.


Es pribable que estuviera prohibido mirar al otro lado del muro. Nadie me lo había dicho jamás, pero nadie lo hacía así que todos suponíamos que estaba prohibido. Dije que iba a mirar al otro lado del muro y todos me miraron con sorpresa. Algunos me gritaron, me insultaron y sus cabezas engordaron rojas como si fueran a explotar. Otros miraron a otro lado –pero ninguno miró hacia un muro-. Unos pocos se acercaron y me tendían manos arrugadas llenas de lunares, pues eran los más mayores los que trataban de disuadirme.


A decir verdad puede que estuviera prohibido mirar al otro lado del muro porque nadie nos lo había dicho. Solo nos quedábamos ahí, durante toda nuestra existencia, sin hacer nada por primera vez. Nadie nos prohibía nada, pero no éramos capaces de hacer nada por miedo a esas cabezas infladas y rojas. Me levanté. Nadie se levantaba salvo que tuviera algo que hacer, y a esa hora como nadie se levantaba nunca fui el objetivo de las miradas que aún no se habían dado cuenta del barullo.


Me acerqué al muro.


Hubo un murmullo y conatos de grito, de golpes y de más insultos. Me agarré fuerte con las manos, bien fuerte para no resbalar y pisé el muro para alzarme. Los dedos me crujieron como si fueran palillos. Un esfuerzo más y mi cabeza asomaría al otro lado. Al otro lado había más gente, que al ver mi cabeza se llamaron entre ellos y saludaron y me llamaban con gestos de las manos. Miré a mi espalda, sonriente. Nadie me miraba ya. Del otro lado algunas manos se acercaron a tocarme hasta que unos gritos se acercaron. De nuevo cabezas infladas y rojas y de venas como cordones de zapatos se abrían paso entre la multitud, dando bofetadas y empujones. Los que me saludaron enmudecieron y los que me ofrecían la mano se apartaron y también enmudecieron y quitaron todo sentimiento de sus rostros.


Las cabezas infladas de un lado y de otro me señalaban y me gritaban y quería que cayera a un lado o a otro, pero no me querían ahí en medio. Al final caí a un lado, donde nadie me dirigía la palabra. Era el otro lado. Era el otro lado porque nadie quería saber nada de mí. Volví a saltar al muro. De nuevo voces y gritos de ambos lados. Salté y todos se callaron. Jamás volví a saltar el muro porque hiciera lo que hiciera el resultado era el mismo: caras infladas que insultaba a mis padres.


Un día abrieron las puertas y entraron los jefes. Tampoco nos prohibieron nada. Solo nos dijeron que nos cambiaban a un lugar mejor. Uno se acercó a mí y me miró las manos y las marcas rojas de los dedos, donde mis uñas levantadas y las ampollas y la cal en las rodillas no dejaban ninguna duda. Me preguntó si era de este lado del muro. Le dije que sí antes de darme cuenta que no estaba seguro. Había cambiado tantas veces de lado, sin encontrar jamás diferencia alguna. Rectifiqué y le pedí que me dejara asegurarme. Volví a subir al muro. Mientras buscaba alguna diferencia vi como los de un lado, en formación casi marcial, se marchaban por la puerta, desaparecían, de esa puerta aparecían los del otro lado y entonces los primeros entraban por el lado contrario. Se había cambiado de lado. Solo eso. Miré al que me preguntó de dónde era.

-¿De dónde eres?

-No lo sé.

-¿Eres de alguno de los dos lados?

-Sí.

-¿Quieres seguir siendo de alguno de los dos lados?

-No.

Desde ese día vivo con los jefes. Cada cierto tiempo nos acercamos a un redil y cambiamos a la gente de lado. Muy de vez en cuando veo a alguien que asoma su cabeza tímidamente sobre la multitud y se sube al muro. Lo cruza, vuelve… le gritan y se inflan nuevas cabezas que antes estaban a un lado y ahora están al otro y me pregunto: ¿No podía haber elegido, simplemente, quedarme sentado sobre el muro para siempre?