Cuando pensamos en el comunismo nos asaltan a la cabeza imágenes graves y tristes de antiguos totalitarismos y actuales violaciones de los derechos humanos. Imaginamos bloques y bloques de hormigón donde se hacinan los trabajadores de la humeante maquinaria del Estado: la fábrica de tanques, la de planchas de acero, las refinerías bálticas, la de maquinaria agrícola para convertir Crimea y Ucrania en ineficientes graneros que por vastas que sean sus extensiones son incapaces de alimentar a los campesinos que la trabajan. Calles grises por el asfalto y la niebla, pero también por la expresión de sus viandantes que no se atreven a sonreír o saludarse por miedo a que la Policía Política del Partido los arreste. En una imagen más moderna pensamos en dictadores de tez morena y boina roja, de fotos oficiales donde ellos llevan chaqueta militar donde un buen jefe de Estado europeo llevaría americana y corbata. Medios de comunicación censurados y clausurados por criticar al régimen, oscuras alianzas donde se husmea el olor químico del uranio y la inevitable presencia de héroes guerrilleros de otros siglos en las calles, en pósters, carteles, camisetas y hasta tapices. Cuando pensamos en el comunismo nuestra memoria invariablemente nos lleva a la URSS estalinista, a la Cuba de Castro, la Venezuela de Chávez y la Corea del Norte de la dinastía originada por Kim Il Sung. El comunismo es una doctrina, una configuración de la sociedad que trae recuerdos y realidades tan terribles que hace que conceptos en principio tan neutros e inocentes como plan quinquenal, comuna agraria, proletariado o colectivización de tierras provoquen en muchos que se les ericen los pelos de la nuca.
¿Hemos entendido bien el comunismo? Si esta es la imagen que tenemos, no. Desde luego. Pero pasemos al capitalismo. ¿Qué imágenes se nos vienen a la cabeza ante la palabra “capitalismo”? Rascacielos de cristal y acero que se recortan sobre el puerto de la bahía donde cargueros y más cargueros no cesan en su ir y venir de mercancías: contenedores, palés, remolques que alimentan las fábricas y los talleres donde sonrientes obreros tratan de que la jornada pase lo más rápido posible. Porque lo que quieren es tomarse una cerveza fría en el bar y regresar a casa, donde les espera su mujer, los niños, un Golden Retriever saltarín y la tele. Y en ella el espectáculo del capitalismo: los Knicks contra los Mavericks, los Bulls contra los Clippers, Lady Gaga contra Madonna, las noticias, Avatar ya en Blue Ray y la posibilidad de verla en streaming. Habrá que comprarse un ordenador nuevo. Habrá que ir al centro comercial, la gruta del capitalismo: un pasillo de veinte metros sólo de quesos rallados, otro pasillo dedicado en exclusiva a impresoras, otro a herramientas de bricolaje… De nuevo, los conceptos. En el capitalismo son maravillosos, nos traen imágenes de maletines, gafas de sol, los flashes de la prensa y las más elegantes terminales de aeropuerto del mundo: invertir, flexibilizar, crecer, exportar, importar, capacidad crediticia, poder bursátil, auge mercantil… Si el comunismo es rojo el capitalismo es verde: verde como el dólar, verde como la esperanza. Verde como la esperanza de tener muchos dólares que nos permitan seguir teniendo la esperanza de poder tener todavía más.
Imaginamos el capitalismo actual y en su vertiente occidental y desarrollada. No nos viene a la cabeza la imagen del liberalismo del siglo XIX, donde una Manchester ennegrecida por el hollín se pudre bajo las chimeneas. Ciudades de un millón de almas sin un solo parque dónde los niños puedan jugar porque, además, a partir de los nueve años ya es legal que se incorporen en las fábricas. La jornada laboral es de catorce horas, de lunes a sábado y no hay vacaciones, ni seguro por baja laboral ni se indemniza por los despidos. A decir verdad el concepto de contrato sólo existía para que el empresario tuviera alguna prueba en caso de robo de que el ladrón tenía acceso a la mercancía. El capitalismo ya no es esto, ¿verdad? No. Sabemos que no. Este tipo de capitalismo que se respira en Oliver Twist sigue existiendo: niños que trabajen desde los 9 años todavía son contratados por multinacionales o por caciques locales en Mozambique o Camboya. Jornadas de catorce horas se pueden disfrutar todavía en muchas partes e incluso en Europa o Estados Unidos dependiendo de cómo pinten las cosas. Hay que arrimar el hombro, nos dirán nuestros jefes. Las vacaciones pagadas son un concepto que apenas tiene 70 años, así como el despido, el subsidio por desempleo o la baja laboral remunerada. Y naturalmente todo esto no existe en algunos mercados capitalistas de Sudamérica, el Caribe, Asia meridional o África.
Del mismo modo que el capitalismo para ser analizado de manera justa debe ser visto como fuente de riqueza pero también de miseria y desigualdad social, no es justo que pensemos en el comunismo como en una continua violación de derechos civiles a través de un férreo Estado totalitario. Como veremos al final también existe el comunismo en el llamado Primer Mundo. Hay medidas auténticamente socialistas, marxistas e incluso leninistas dentro de la Unión Europea. ¿Porqué, pues, esa mala imagen del comunismo? Una razón sería decir que es el resultado de cincuenta años de Guerra Fría. Medio siglo de propaganda cruzada en la que el capitalismo, que estuvo a punto de perder en no pocas ocasiones, debía defenderse aunque fuera a costa de la mentira. Naturalmente el bloque soviético hacía lo mismo. Pero centrémonos en la imagen capitalista del comunismo. La propaganda y la caza de brujas son buenos motivos para terminar odiando lo comunista. Hay otra razón, y son los ejemplos de estados comunistas y repúblicas populares que han ido perdurando desde la caída de la URSS en 1991, y que algunos hemos nombrado ya. Dejando al lado auténticas barbaries que no se pueden considerar hijas de doctrina alguna como lo que llevan realizando los juches en Corea vemos que lo que queda es poco más que el gobierno Chávez y el gobierno Castro. No se puede negar que tienen toda la propaganda en contra. Desde luego que tanto en Cuba como en menor medida en Venezuela se han violado derechos civiles y humanos. Y aquí entra la maldita estadística, que reduce a los niños asesinados a porcentajes y a las víctimas de las guerras en cifras dentro de un cuadro de celdas: ¿qué mata más, el comunismo o el capitalismo? ¿El control del Estado o el expansionismo del capital? ¿Ha matado Castro más que Bush? ¿Ha matado más Chávez —si es que ha llegado a cometer crímenes como esos— que los cárteles del diamante en Sudáfrica? ¿Alguien apostaría a que el hambre en Cuba mata más que el hambre en África? No se puede seguir por este camino. Comparar desgracias no sólo es complejo, sino que se puede tornar en contra. Stalin incluido (el mayor genocida de la historia) y sumando otros avatares de la Parca como Pol Pot el comunismo no ha provocado directa o indirectamente tantas víctimas como los 300 años de liberalismo mercantilista que han pasado ya: las guerras de colonización, las guerras imperiales, las guerras de independencia, las guerras de secesión, las guerras civiles y los atentados llevados a cabo por milicias pagadas por multinacionales han provocado incontables víctimas. Muchas más. En cierto modo la mitad de argumentos que llevaron a Alemania y Austria a comenzar la I Guerra Mundial son de tipo mercantilista y colonial.
¿Cuál es, entonces, el motivo que lleva a que el comunismo sea sinónimo de totalitarismo criminal? El motivo último es el de la información. El comunismo es una ideología que entronca lo social, lo económico y lo político en una sola vía. Es otro modo de articular el todo: el Estado, la sociedad y sus agentes económicos. El comunismo analiza y se enfrenta a las más profundas creencias de lo que consideramos “el día a día”: trabajar para ganar dinero, ahorrar para asegurar el futuro, comprarnos una casa, montar un negocio, buscar ofertas, comparar precios y, sobre todo, consumir artículos y más artículos. Ataca creencias tan arraigadas en el empresario como que cada año debe ganar más que el anterior, o que debe vender lo máximo posible. Y ataca creencias tan arraigadas en nosotros como que cuantos más productos tengamos al alcance, mejor será nuestra vida. Es, pues, un sistema complejo. Muy complejo. Leer a Marx requiere de cierto esfuerzo intelectual sólo al alcance de aquellos con nociones básicas en economía y sociología. Leer a sus antecesores tampoco es sencillo. David Ricardo es un ejemplo del problema, digamos, publicitario del comunismo: posee un lenguaje ligero y sencillo, pero la magnitud de su análisis del plusvalor es tan denso que su obra se convierte en un ladera inescalable. El sistema capitalista es complejo. Lo vemos cada día en prensa y televisión: conceptos complicados y normas todavía más extrañas. ¿Cómo no va a ser todavía más difícil de entender un sistema como el comunismo que, además de entender el capitalismo, debe exponer una alternativa?
Sin embargo se puede tratar de definir sucintamente al comunismo: es la idea de que el capital debe ser público y estatal y no caer en manos privadas. Y he aquí la frase del miedo: “capital estatal”. El Estado se queda con el capital. Y tú, no. Nos entra vértigo. En seguida nos recorre el pensamiento la vista de nuestro hogar: la tele de plasma, el DVD, la PS3, los altavoces, la colección de coches en miniatura, mis camisetas, mis diez pares de zapatos, las joyas… ¡Oh, dios mío! decimos llevándonos las manos a los bolsillos: el iPod, el iPhone, el iPad… Incluso el propio hogar dejará de ser nuestro (si es que ya lo fuese) y, por supuesto, el coche. Capital estatal es igual a no tener nada. A que el Estado, cada mes, nos dé unos cupones que podemos cambiar a elegir o por dos pares de botas o por tres pantalones negros. Mentira. El capital no es la propiedad privada. Y esta es quizá la confusión que más daño le hace al comunismo. Lo repetiré: el capital no es la propiedad privada. La propiedad privada, tus cosas, no son capital. Tranquilo: ningún bolchevique va a colectivizar tu iPod.
Entendemos por capital los bienes de producción. Estos son la maquinaria, los terrenos, las fábricas y también las inversiones dedicadas a los procesos industriales. ¿Porqué el comunismo quiere que este capital sea estatal? Porque de él depende la economía de un país, y de esa economía depende el modo de vida de sus habitantes, su bienestar social y su calidad de vida. ¿No sería lógico pensar que si necesitamos dinero para costear nuestro nivel de vida, y que ese dinero lo gana la mayoría trabajando, sea el Estado el que se encargue de un reparto justo? El Estado, además, no se mueve por los criterios y normas empresariales. No al menos en la doctrina comunista. Un Estado no debe tener empresas rentables que produzcan más y más cada año. El equilibrio de las cuentas del Estado viene con unos buenos ingresos por impuestos directos, no por la viabilidad de sus empresa públicas. Pensémoslo: no debe haber nada menos viable que una red de hospitales que no cobra a sus pacientes. No se puede hacer rentable la sanidad, ni la educación. ¿Cómo va a ser rentable un colegio que si es necesario dará clases de griego clásico a los tres o cuatro alumnos que se matriculen de esa asignatura?
El comunismo se ha modernizado en este aspecto. El capital privado no debe ser completamente borrado de la economía estatal. Es importante y básico que la clase media pueda emprender negocios. Las PYMES son clave en el bienestar económico de un país desarrollado. También otras empresas más grandes tienen cabida en un sistema comunista pese a estar en manos privadas. Pero cuidado: el comunismo moderno no es el invento chino. China es el país más liberal del mundo en economía, con leyes mucho más a favor del libre mercado que Estado Unidos o Japón. Poco tiene de comunista tampoco es su escasa defensa de los derechos civiles. El capital privado encaja dentro del sistema comunista moderno hasta que choca con aquellos sectores que son básicos para el funcionamiento del país y para el bienestar ciudadano. En este sentido el capital será estatal cuando se trate del sector energético, de infraestructuras, de transportes, de telecomunicaciones y ya dependiendo de algunas ramas comunistas también se incluiría el sector agrícola, el sanitario y el educativo. ¿Porqué estos sectores? La razón está en nuestros recibos de la luz, del agua y del gas, en proyectos que favorecen a muy pocos como el AVE, en la privatización de los aeropuertos y en las acciones monopolísticas de Movistar, Vodafone y Orange, en la pésima calidad del ADSL español y en otras muchas acciones denunciables de las empresas privadas que se quedaron con los pasteles que se les ha ido ofreciendo. Son sectores estratégicos que deben pertenecer al Estado. Pero nadie, salvo en las corrientes más extremas del marxismo, aboga por expropiar supermercados, fábricas de electrodomésticos o cadenas de hoteles. Olvidemos la idea de un Estado comunista dónde todo producto lleva el logotipo del Partido.
Como se ha podido leer con anterioridad, en el occidente más desarrollado existen gobiernos comunistas. El caso más conocido en España es el de Marinaleda, en Sevilla. Ahí los agricultores y el Ayuntamiento decidieron colectivizar el campo (que pase a manos públicas) y dar un sueldo fijo a todos los campesinos: 1200€ mensuales, fueran cuales fueran las ventas o la producción. Son, en cierto modo, funcionarios. Lo cual sería algo necesario y lógico en el caso de España, país que cultiva y cría el 90% de lo que consume. Otras medidas que llaman la atención de Marinaleda son su sistema urbanístico con hipotecas de 15 euros mensuales terminadas de pagar en 15-20 años si el comprador decide ayudar en su construcción o la completa transparencia del presupuesto público, que el alcalde expone en reuniones, colegios y negocios. Otras muchas poblaciones, sobre todo en la Europa escandinava, tienen consistorios comunistas y no se pasean los tanques cada fin de semana. En España, en coalición o con mayoría hay otros muchos ayuntamientos con participación comunista. Otro ejemplo ha sido Córdoba, histórico bastión de Izquierda Unida. Su gestión ha podido ser más o menos positiva, como la de cualquier ayuntamiento, pero nadie pondrá en duda que jamás ha peligrado el sistema o la legalidad.
Sobre esta legalidad hay también mucho mito que desmentir. Hemos hablado de la colectivización del campo o el control estatal del capital en algunas industrias. De nuevo el fantasma de la URSS recorre la sala. Nada más lejos de la realidad. La Constitución Española de 1978 avala todas y cada una de las medidas de un posible gobierno comunista tanto a nivel nacional como autonómico o local. Es famoso el artículo 14 que dice que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna…”. Dicho artículo es básico para el ideario comunista: ni banqueros ni políticos van a tener leyes distintas. Todas las empresas tributan del mismo modo, y todos tendremos los mismos privilegios en impuestos o en pensiones. Otro artículo importante por los actuales movimientos como 15M o DemocraciaRealYa! es el 23: “Los ciudadanos tienen el derecho a participar en los asuntos públicos directamente…”. Directamente significa que cualquier cargo público debería tener como parte obligatoria en su agenda el atender de manera frontal y directa los problemas del pueblo, en vez de limitarse a debatirlos con los mismos 350 diputados que se va a encontrar durante 4 años. El 27.4 nos recuerda que la enseñanza básica debe ser obligatoria y grauita. Sin duda que el Estado controle a las editoriales para que el precio de sus libros sea más justo o, incluso, gratuitos es una prerrogativa comunista amparada por la Constitución. Más: En el 31 se nos advierte de que “todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo a su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en la igualdad y en la progresividad”. Con este artículo en la mano no se debería subir el IVA o retirar impuestos como el de sucesiones sin antes subir el tramo del IRPF que afecta a las rentas más altas. Es también conocido el artículo 35: “Todos los españoles tienen (…) derecho al trabajo”. Trabajar es un derecho, no una oportunidad. El Estado, pues, está legitimado para actuar como crea oportuno para generar empleo, quitándole si hace falta ese poder al sector privado. En el 39 leemos que “Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”. Con un millón de familias con ningún miembro con sueldo fijo este artículo está siendo violado de manera sistemática. El artículo 40 permite al Estado distribuir la riqueza de manera equitativa. El 47 ha estado en boca de todos a raíz de la crisis inmobiliaria: “Todos los españoles tienen el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada…”. Resulta lógico, pues, que el Estado debería ser el principal ejecutor del sector inmobiliaria, controlando producción y precios y fomentando el alquiler. Hay muchos más artículos que demuestran que un sistema comunista es perfectamente constitucional y legal. Pero hay tres artículos dentro de la Constitución que han sido ocultadas y muy poco comentadas. Son tres artículos que dejan sin argumentos a los que reniegan de la participación estatal en la economía. Son los siguientes:
Artículo 128.1: Toda la riqueza del país en sus distintas formas y fuera cual fuere su titularidad está subordinada al interés general.
Artículo 128.2: Se reconoce la iniciativa pública en la actividad económica. Mediante ley se podrá reservar al sector público recursos o servicios esenciales, especialmente en caso de monopolio, y asimismo acordar la intervención de empresas cuando así lo exigiere el interés general.
Artículo 131.1: El Estado, mediante ley, podrá planificar la actividad económica general para atender a las necesidades colectivas, equilibrar y armonizar el desarrollo regional y sectorial y estimular el crecimiento de la renta y de la riqueza y su más justa distribución.
No pretendo convencer a nadie para que vote a partir de ahora a partidos comunistas. No pretendo ni siquiera considerar el comunismo como algo mejor que el capitalismo. La única intención de este texto es explicar una injusticia provocada por la continua propaganda en contra y tratar de que se comprenda la realidad del comunismo moderno y basado en el derecho, la ley y la democracia: Esto que acabo de explicar, y que he llamado comunismo, no es nada más ni nada menos que la izquierda clásica. A partir de este punto, juzga, analiza y rebate al comunismo tanto como quieras, y tanto como la libertad de expresión y pensamiento te permite. Pero júzgalo bien. Comunismo es esto, no lo que se ha vendido desde los años cincuenta. Imagina que todo el mundo descubriera que el comunismo es legal. ¡Sería el caos!













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